Hoy traigo una foto. Una foto y un texto de los más inspirados que he leído sobre el tema, a un lado el caudillo, al otro, el fundador de la legión. Da miedo ¿Verdad? Lo traigo aquí porque mañana es veinte de noviembre, y la fechita en cuestión junto con el debate citado anteriormente viene que ni al pelo. Y porque leer a Juan José Millás siempre es un placer, y cualquier motivo para ello siempre será dado por bueno.

EL ERUCTO COMO FORMA DE PENSAMIENTO
¿Se puede advertir en esta foto una concepción del mundo, de la amistad, de la cultura? La respuesta es sí. A veces, tenemos una idea fantástica, pero carecemos de los medios o del tiempo precisos para desarrollarla. No es el caso de estos dos individuos. Tuvieron la idea y la llevaron a la práctica. Uno puso el talento y otro la disciplina. El del talento, increíblemente es el de la derecha y se llama Millán Astray. El de la disciplina, increíblemente también, es el de la izquierda y se llama Francisco Franco. Salta a la vista que el ideólogo es Millán Astray por la expresión de superioridad intelectual que le sale prácticamente sin querer, pero también por el modo en que protege con su brazo derecho al neófito.
-Mira-le está diciendo-cómo se combate dialécticamente una idea: se levanta la barbilla, se enarcan las cejas, se arruga un poco la nariz y se suelta un eructo. Es importante que no te hayas lavado los dientes jamás, porque en el sarro se esconden cantidades increíbles de pensamiento y bacterias. Si acaso, al tiempo de eructar puedes articular una frase corta pero incisiva, del tipo de te vamos a cortar los cojones. Estas oraciones combinan muy bien con el tipo de filosofía que pretendo transmitirte. Un día en Salamanca, discutí con un tal Unamuno, un filosofo de mierda, al que grité en su cara ¡Muera la inteligencia! Se quedó planchado porque lo argumenté con dos eructos geniales y un ¡Viva la muerte! que te ponía los pelos de punta. Para entonces ya me faltaba un ojo y un brazo, porque yo soy consecuente y si digo que viva la muerte es porque me gusta, incluso a plazos. Estaba conmigo, de mi lado quiero decir, Jose María Pemán, que eso si que era un pedazo de escritor con su gracia andaluza y todo lo demás. Si no me crees, preguntáselo a él.
Cuando escuchaba la palabra cultura, Millan Astray sacaba la pistola. Se pasó la vida sacándola y mató mucho, primero en Filipinas, luego en Marruecos y más tarde en España. Le dieron todas las cruces del mundo por matar sin que la iglesia se quejara de la utilización masiva de un símbolo tan suyo. Finalizada la Guerra Civil regresó a sus tareas intelectuales como jefe de prensa del régimen y solo mataba los domingos, por quitarse el gusanillo. Un genio.
En cuanto a Franco, era más torpe. Observen las dificultades que muestra para soltar la ventosidad bucal por no colocar la lengua donde debe. Pero aprendió y eructó como el que más durante cuarenta años. De entre sus eructos más celebrados cabe destacar la Cruz del Valle de los Caídos, también muy apreciada por la iglesia.
Si alguien quiere saber que fue el franquismo, cómo era la atmósfera moral e intelectual, e incluso gastronómica, que se respiraba en España durante aquella época, no tiene más que asomarse a esta fotografía con halitosis que lo dice todo. De ahí venimos, aunque unos más que otros, y no nos gusta señalar. Se publicó en las páginas de Cultura de EL PAÍS el 14 de noviembre, con ocasión de aniversario de la muerte de Franco, por lo que si Millan Astray hubiera levantado la cabeza habría sacado. lógicamente, la pistola.
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Juan Jose Millás EL PAÍS 8-08-2006


